To the Bone: Al hueso y sin compromiso. Popgresivo a la Wilson.

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Para cualquier persona inmersa en el mundo del rock y metal progresivo, Steven Wilson no necesita presentación. Más de tres décadas de carrera musical, un extenso y variado currículum como colaborador y productor musical de otras bandas, y un sonido melancólico pero duro lo definen. El año 2015, tras ganar tres premios en los Progressive Music Awards, fue llamado por la BBC el “rey del rock progresivo”.

Es poco llamarlo uno de los compositores más prolíficos de los últimos años, grandes músicos y bandas han buscado su colaboración y apoyo, Tony Levin, Fish (ex cantante de Marillion), Anathema, Opeth, Dreamtheater y Alex Lifeson entre otros.

Todo esto forjó lo que eventualmente sería su camino hacia una carrera como solista, nutriendo una atmósfera oscura y, muchas veces, plácidamente deprimente.  Esto último en particular le ha ganado una fama dentro de un segmento de fans bastante definido. Sus proyectos más electrónicos, metal o experimentales, nunca se alejan del todo de un sentimiento de melancolía y oscuridad.

Esta es una de las razones por las cuales, su último disco To The Bone (2017) ha sido polémico entre sus fans. No es raro escuchar de alguno de sus más fieles seguidores, que finalmente el  rey del prog se vendió. Y es que, por más raro que suene, las influencias pop del autor se escuchan nítidamente en su nueva obra. Aunque él, jamás ha temido admitir su cercanía hacia el género, incluso lanzando un disco de covers con canciones de Alanis Morrissette y ABBA, es algo que para muchos fans había pasado casi como una mera experimentación.

Para los puristas del género, esto puede ser blasfemia, por lo que tendrán problemas digiriendo este álbum. Los mismos puristas han tenido problemas en aceptar Blackfield, o los temas más “comerciales” de Porcupine Tree, como “Shallow”, “Prodigal” y “Lazarus”, entre otros. La verdad es que a lo largo de los años ha sido difícil escuchar a Wilson y no sorprenderse. En Storm Corrosion ya podíamos apreciar algunos temas que bastante se alejaban del Metal progresivo que tanto tiempo lo definió. Y lo cierto es que una cierta madurez ha invadido las composiciones de Wilson el último tiempo. Alejándose cada vez más del sonido en Fear Of a Blank Planet (Porcupine Tree), y acercándose a una experimentación más calmada, más popera para algunos, para otros simplemente una vertiente natural de las ganas de componer.

En resumen: ajusten sus expectativas.

Pues bien, luego de escuchar el disco numerosas veces, puedo decirlo con seguridad: el rey no ha muerto; simplemente decidió expandir sus dominios, de forma madura e inteligente.

Su primer trabajo como solista, “Insurgentes”, fue algo seguro, poco alejado de lo que venía haciendo con Porcupine Tree. Fue en sus discos siguientes, “Grace for Drowning” y “The Raven That Refused to Sing” que por fin se dio un escape creativo, incorporando matices de jazz a su particular estilo. En “Hand. Cannot. Erase”, Wilson comienza a coquetear con sus influencias pop, una suerte de “primera cita”; más, “To The Bone” pareciera ser el comienzo de una relación seria, una más centrada en canciones individuales que en una narrativa continua.

Como ya es tradición, el sonido y presentación del disco es impecable. La primera canción comparte su nombre con el disco, y es un golpe de novedad para cualquier fan de Wilson. La influencia de Peter Gabriel en lo que concierne a la simbiosis de estilos comienza a sentirse. La harmónica, el acompañamiento vocal en los coros y el tono enérgico contrastan con los riffs y progresiones de notas pesadas, como también con las temáticas contemporáneas, elementos más clásicos de su música. La primera canción deja todo claro: es el advenimiento de una nueva etapa. “Nowhere Now” y “Pariah” podrían ser considerados parte de la evolución del sonido de Blackfield. En la segunda canción en particular, Ninet Tayeb se roba el show y es su contraposición a la voz de Wilson lo que hace que la canción funcione.

Esto no quiere decir que Wilson esté completamente rodeado por nuevas aguas. Temas como “Refuge”, “Blank Tapes”, y “People Who Eat Darkness” se sienten familiares, como visitar tu colegio años después de haberte graduado. Sin embargo, inyectan innovación y frescura gracias a cambios simples pero penetrantes en su instrumentalización, en ocasiones reminiscentes de David Bowie. “The Same Asylum as Before” pareciera ser donde el disco alcanza un balance tentativo en el tira y afloja entre pop y rock progresivo, aunque el segundo marca la nota. Quizás no es la canción más pegajosa, pero, discutiblemente, es una de las más memorables.

Es en “Permanating” que podemos apreciar, quizás, la canción más simple del disco, pero a la vez, la más atrevida: una verdadera carta de amor a los 70s y 80s. Tears for Fears, ELO y hasta ABBA se sienten representados en esta amalgama de nostalgia, incluso hasta en la letra. Lejos lo más pegajoso, feliz y controversial del álbum: ¿¡Steven Wilson bailable!? ¿¡Sonriendo en el video!? Hace 10 años, jamás me lo hubiera creído. Jamás habría pensado que Wilson sonreía.

En contraste, “Song of I” se siente como una fusión pulsante de pasajes previos. Es gracias a la voz de Sophie Hunger que se convierte en una criatura totalmente nueva. Nota: Creo que Wilson podría componer una excelente canción para una entrega de James Bond.

Eventualmente llegamos a lo que considero el punto de victoria del prog rock en el forcejeo de estilos: “Detonation”, una de mis favoritas del disco (lo admito, los hábitos son difíciles de matar). El rey ya va de regreso a su castillo a estas alturas del disco, rozando el metal y explorando su zona de confort por un tiempo que se prolonga, por un buen margen, por sobre todas las demás canciones del disco. No es lo más innovador de la obra, e indudablemente lo más repetitivo, pero para un fan de muchos años, es sumamente reconfortante. Finalmente llegamos a “Song of Unborn”, un cierre característicamente melancólico y profundo para un disco sorprendentemente alegre; probablemente el más alegre de su extensa carrera.

Con esta nueva entrega, Wilson se propuso una meta: casar lo progresivo con lo pop, y la alcanza con creces, demostrando en el camino que la música progresiva no requiere el constante peso del rock o el metal, tanto en el buen como mal sentido. Los 70s y 80s son más que eso y Wilson lo saca a relucir demostrando sus influencias, mientras que al mismo tiempo se diferencia de ellas. Por favor recordemos, que Genesis, una de las bandas insigne del rock progresivo, dio a luz a un Peter Gabriel y un Phill Collins con ganas de acercarse al pop y experimentar nuevas armonías.

Los puristas tendrán problemas con este concepto, aún si bajo esa extraña cobertura se oculta una obra satisfactoriamente compleja y multifacética. La única crítica que le haría al álbum es su orden algo inconsistente. “Permanating” y “Song of Unborn” se sienten mal situadas, pero por razones contrarias: Mientras que “Song” sufre al estar en la cola de una tanda estilísticamente similar, “Permanating” se siente atrapada por canciones que no la complementan.

 

“To The Bone” es una muestra de la constante búsqueda y experticia de Steven Wilson, de su desinterés por la inercia y conformismo musical, y fácilmente se ubica entre sus mejores entregas: sólo basta subirle el volumen al disco y bajárselo a los prejuicios.

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